jueves, 29 de julio de 2010

INTERCULTURALIDAD: OPORTUNIDAD PARA UN NUEVO DISCURSO ÉTICO

por Simón Pedro Arnold, OSB
peyopeyu@hotmail.com

Si la cultura es lo propiamente humano, el espacio-tiempo donde la comunidad contempla, interroga, interpreta, domestica y transforma su entorno, entonces se confunde prácticamente con la ética. Ésta, en efecto, se presenta como la columna vertebral de la cultura y, a la vez, su creación más genuina.
Cuando hablamos de ética, nos referimos claramente al horizonte valorativo referencial desde donde el individuo, al interior de la comunidad, va elaborando progresivamente sus convicciones, sus decisiones y el modo de su interacción social. Este horizonte, por cierto, se inspira de la tradición en el que el sujeto se inserta (familia, cultura religión etc.).
La ley moral, en cambio, con su sistema normativo complejo, se presenta como la traducción institucional de estos valores éticos, comúnmente admitidos por el grupo. Si la ética participa, esencialmente, de la experiencia espiritual del sujeto, individual y colectivo, la ley moral, por su parte es una creación histórica y cultural, que tiende a garantizar la marcha del grupo, como los derechos y deberes de los sujetos que interactúan en el mismo.
La mitologización de la ética desemboca, necesariamente, entonces, en mecanismos justificadores de la exclusión del otro, del diferente. Tal perversión del discurso ético es una traición, puesto que, precisamente, la ética tiene que ver con una alianza con el “otro”.
En definitiva, la propuesta es una especie de “ONU” ética, consejo mundial permanente, que de alguna manera, tendría que conectarse con espacios equivalentes a nivel nacional y regional. Se trataría de un foro ético interconectado que recogería experiencias, interrogantes y propuestas para recrear una ética auténticamente intercultural, desde el aporte de todos y todas.